Diez días después de la trágica muerte de Ernesto Barajas, su esposa, Alexis Sillas, vive en un estado de terror absoluto. Ella no solo está de luto por su marido, asesinado brutalmente en un ataque a plena luz del día, sino que ahora teme por su propia vida. Desde el fatídico día en que vio caer a Ernesto, cada ruido, cada sombra, la persigue con la certeza de que podría ser la próxima víctima.
El 19 de agosto, en un estacionamiento de Zapopan, las balas atravesaron la camioneta donde viajaban. Alexis, herida y en estado de shock, ha sido incapaz de encontrar paz. A pesar de las promesas de protección por parte de las autoridades, su desconfianza crece. Las amenazas que su marido recibió, en forma de narcomantas, se han vuelto una realidad aterradora. Se rumorea que ella también está en la lista de objetivos.
La paranoia se ha apoderado de su vida diaria. Cada noche, cambia a sus hijos de habitación, temiendo que un intruso pueda irrumpir en su hogar. Las redes sociales, antes un espacio de conexión, ahora son un canal de odio donde recibe mensajes escalofriantes. La presión es abrumadora: su familia está en la mira y el tiempo se agota.
Consciente del peligro, Alexis ha tomado la decisión desesperada de huir del país. Ha comenzado a contactar discretamente a personas en Estados Unidos, buscando refugio. Sin embargo, cada paso es un dilema. La sensación de ser vigilada es constante, y el miedo a ser interceptada la paraliza. La vida que conoció se ha desvanecido, transformándose en una carrera contra el tiempo.
La muerte de Ernesto no fue un hecho aislado, sino el inicio de un ciclo de violencia que amenaza con consumirla. Alexis sabe que su única oportunidad de sobrevivir es escapar antes de que sea demasiado tarde. La pregunta que queda en el aire es: ¿logrará huir y proteger a sus hijos, o se convertirá en otra víctima de una historia trágica que parece no tener fin? La tensión aumenta, y la urgencia de su situación es innegable.