—Ese vaso tiene una mancha. Renata lo sostuvo contra la luz. Impecable. Pero la mujer del abrigo gris esperaba con esa sonrisa que ella ya conocía de memoria.

—Se lo cambio ahora mismo. Tres mesas más allá, alguien rio por lo bajo. Renata cogió otro vaso, respiró y volvió. En los últimos catorce meses, Mariana Ferreira de Beristein había dejado atrás una lista impresionante de bajas: dos psicólogas con doctorado, una terapeuta especializada en duelo infantil que había trabajado con supervivientes de desastres, tres asistentes personales, una nutricionista que renunció a los nueve días y un equipo completo de diez personas contratadas para —en palabras de la oficina de relaciones públicas de su marido— «acompañarla en su proceso».
Diez personas, catorce meses, cero resultados. La prensa de cotilleo la llamaba «la viuda en vida de Valle Oriente». Los chismosos del club industrial, donde ella había sido una curadora de arte de prestigio nacional, la llamaban simplemente «el problema de Augusto». Augusto Beristein era el fundador de la Corporación Beristein, uno de los grupos de capital privado más sólidos del norte de México.
El tipo de hombre cuya firma movía juntas directivas enteras. También era, como le confesó una vez a su abogado en un raro momento de honestidad, el hombre más rico de Monterrey y el más incapaz de arreglar lo único que realmente importaba. Nadie sabía exactamente qué le pasaba a Mariana. Nadie se atrevía a decirlo en voz alta.
Lo que todos sabían era esto: no te acerques demasiado a ella, no la contradigas, no la mires con lástima, no intentes arreglarla y, sobre todo, si trabajas para Augusto Beristein, no hagas esas cuatro cosas al mismo tiempo. Renata Kirogan no sabía nada de todo eso cuando empezó su turno de tarde en La Templanza aquel martes de octubre. La Templanza era el tipo de restaurante que no aparecía en las guías pero que los vecinos del barrio viejo defendían con la misma lealtad que reservaban para las personas. Cuatro mesas junto a la ventana, una barra de madera oscura y un menú que cambiaba según lo que Saúl encontrara esa mañana en el mercado.
Saúl Noriega, el dueño, tenía los antebrazos marcados por una vida frente a los fogones y una política muy clara con su personal: haces buen trabajo, te quedas. Haces mal trabajo, te vas. Sin drama. Renata llevaba dos años y medio allí.
También iba por el cuarto semestre de Trabajo Social en la universidad, tenía una beca de investigación sobre duelo traumático que renovaba cada semestre con notas que su tutora calificaba de «incómodamente buenas para alguien que trabaja turnos dobles», y alquilaba una habitación en un edificio viejo cerca de la escuela técnica con una ventana que no cerraba del todo. Tenía ese tipo de cansancio que no viene de dormir mal, sino de no parar nunca. Pero no estaba rota. Cansada, sí.
Rota, no. Esa tarde el restaurante estaba medio vacío. Llovía, algo raro para octubre, y los clientes habituales ocupaban sus mesas. Don Heriberto, el contable jubilado que leía el periódico impreso al fondo, dos estudiantes con libros abiertos y café frío, y el señor Maldonado, que siempre pedía lo mismo y siempre dejaba la misma propina calculada al peso.
Renata repasaba un capítulo sobre respuestas disociativas al duelo complicado cuando se abrió la puerta. Entró un hombre primero. Traje, sin corbata, cara de no haber dormido bien en meses. Detrás, una mujer.
Renata levantó la vista del libro. La mujer tenía el aspecto de alguien que había sido extraordinariamente elegante y ahora llevaba esa elegancia como ropa que ya no le quedaba. El abrigo era bueno —Renata no entendía de marcas, pero sí sabía cuándo algo costaba dinero—, pero estaba arrugado. El pelo, que en algún momento debía haber estado recogido, caía suelto de una forma que no era descuido bohemio, sino abandono.
—Mesa para dos —dijo el hombre en voz baja. —Claro, pasen. Renata los llevó a la mesa de la segunda ventana, la que tenía mejor luz, aunque con la lluvia eso importaba poco. La mujer miró la silla como si estuviera evaluando si merecía su peso.
—Esta mesa está cerca de la cocina —dijo. La voz era plana, sin inflexión—. Se va a oír el ruido. —La cocina cierra en este turno —respondió Renata—.
Solo hay barra caliente. No hay ruido. La mujer no contestó. Cogió la carta, la sostuvo un momento, luego la colocó boca abajo sobre la mesa.
—No quiero carta. —Le cuento las opciones del día. —No quiero opciones. El hombre, Augusto Beristein —aunque Renata aún no sabía su nombre—, cerró los ojos un segundo.
—Solo una —murmuró. Pero Renata lo vio. —El agua aquí sabe a cloro —dijo Mariana sin mirar. —Lo sé.
No hace falta que me lo diga. No había probado el agua todavía. Renata observó. Silencio.
Mariana Ferreira de Beristein levantó la vista por primera vez y miró directamente a Renata. Era ese tipo de mirada que probablemente había hecho huir a gente con más experiencia que ella. Renata sostuvo la mirada. Anotó mentalmente: hostilidad superficial, agotamiento profundo, ojos que no parpadeaban lo suficiente.
No era ira. Era dolor. —¿Tienen agua mineral? —preguntó Augusto, intentando reconducir la situación.
—Sí. —¿Y para usted? —Renata preguntó directamente a Mariana, sin bajar el tono. —Mineral —dijo Mariana al fin—.
Y fría, no del tiempo. —Fría. Entendido. Renata fue a buscar el agua.
Saúl la interceptó detrás de la barra con esa expresión que ponía cuando olía que algo iba mal. —¿Quiénes son? —No sé. —Él tiene pinta de ser alguien importante.
—Ella…
—¿Ella qué? Renata pensó cómo describirlo. —Está muy cansada —dijo por fin. Saúl frunció el ceño.
—Eso no me dice nada. —Vale. Renata cogió las botellas. —A mí tampoco.
Lo que pasó en los siguientes veinte minutos fue esto: Mariana rechazó el agua porque, según ella, el vaso tenía una microfisura en el borde. Renata lo cambió sin comentar. Mariana rechazó el segundo vaso porque era demasiado alto y le resultaba incómodo. Renata trajo un tercero, más bajo.
Mariana lo sostuvo, lo giró, lo dejó sobre la mesa sin beber y pidió una ensalada. Cuando llegó, dijo que el aceite era de mala calidad. Renata preguntó si quería que lo cambiaran por vinagreta. Mariana dijo que no le gustaba la vinagreta.
Renata sugirió limón. Mariana dijo que el limón le irritaba la garganta. —Entonces la dejamos sin aliño —dijo Renata. —Sin aliño no tiene gracia.
—¿Qué aliño le gustaría? Mariana abrió la boca, la cerró, miró la ensalada otra vez. —No sé. Y en esas tres palabras había algo completamente distinto a todo lo anterior.
No hostilidad. No control. Solo pérdida. Renata lo oyó.
—Está bien —dijo—. Se la dejo aquí, y si en algún momento decide, me dice. No se disculpó. No huyó.
Se quedó con la libreta en la mano, mirando a Mariana con la misma calma con que se mira la lluvia. Augusto observó la escena con una expresión que Renata no supo leer en ese momento. Más tarde entendería que era asombro. Ese tipo de asombro que sientes cuando algo que esperabas que explotara no explota.
Mariana cogió el tenedor, ensartó un trozo de lechuga, lo comió sin aliño y sin comentar nada más. Fue, según lo que Augusto le contaría a su abogado esa misma noche, la primera vez en catorce meses que Mariana comía algo en un lugar público sin que terminara en incidente. Renata terminaba de limpiar la barra cuando sintió que alguien se acercaba. Era Augusto Beristein.
—Disculpe —dijo—. ¿Podría hablar con usted un momento? —Claro. —Me llamo Augusto Beristein.
Renata asintió. El nombre no le decía nada en ese momento. —Mi mujer… —empezó, y se detuvo—. Mariana.
Hoy ha sido inusual. —Bueno, inusual es, pero que termine así no lo es. Renata esperó. —Usted hizo algo diferente —dijo Augusto—.
No sé exactamente qué, pero no se alteró. No intentó convencerla de nada. No la trató como un problema que resolver. —No lo es.
Augusto la miró. —¿Perdón? —Su mujer no es un problema. Renata eligió las palabras con cuidado.
—Está pasando por algo muy difícil. Eso es distinto. Silencio. —Llevo catorce meses oyendo que mi mujer tiene un problema —dijo en voz baja—.
Es la primera vez que alguien me dice algo distinto. Renata no respondió. —¿Puedo preguntarle qué hace además de esto? —Estudio Trabajo Social.
Cuarto semestre. Me especializo en duelo traumático. Augusto se apoyó ligeramente en la barra. Parecía estar recalculando algo.
—¿Estaría dispuesta a reunirse conmigo mañana? —¿Para qué? —Aquí no. En mi oficina.
Quiero hacerle una propuesta. —¿Qué tipo de propuesta? —Del tipo que probablemente rechazará —dijo con una honestidad inesperada—. Pero que me gustaría hacer de todas formas.
En ese momento Mariana regresó, miró a Augusto, miró a Renata, no preguntó nada. —Nos vamos —dijo simplemente. —Sí. Augusto dejó su tarjeta sobre la barra, discreta, sin aspavientos.
—Gracias por la cena. Se fueron. Renata cogió la tarjeta y le dio la vuelta. Augusto Beristein.
Corporación Beristein, fundador y director ejecutivo. Saúl apareció a su lado. —¿Quién era? Renata dejó la tarjeta sobre la barra.
—Un hombre que necesita ayuda. —¿Y tú? —Todavía no sé si soy la persona adecuada para dársela. Saúl la miró un segundo.
—Eso ya es más honesto que la mitad de la gente que dice que puede. Las oficinas de la Corporación Beristein ocupaban dos plantas enteras de una torre en Valle Oriente. Discreción de quien no necesita demostrar nada: sin letrero grande, sin recepcionista con auricular, solo una placa de metal cepillado y un ascensor que iba directo a un vestíbulo con suelo de mármol y vista a la avenida. Renata llegó al día siguiente a las doce.
Llevaba su ropa de siempre: vaqueros, jersey, la mochila de la universidad. Durante un segundo, al ver la placa, pensó que quizá debería haberse puesto otra cosa. Lo descartó. Era lo que era o no era nada.
La recibió un asistente que la llevó directamente al despacho de Augusto. Era una habitación amplia con una estantería llena de libros que parecían leídos de verdad y un escritorio frente a los ventanales. En una esquina, un sillón de cuero marrón con el cojín torcido. Lo único fuera de lugar en todo el espacio.
Augusto estaba de pie cuando ella entró. —Gracias por venir —dijo—. Siéntese, por favor. —¿Cómo está ella hoy?
—preguntó Renata antes de sentarse. Augusto parpadeó. Directo al grano. —Eso es lo que importa.
—Sí. Augusto asintió ligeramente. Se sentó también. —Ayer fue excepcional.
Esta mañana ha sido… normal. —Ayer fue una grieta —dijo Renata—. Las grietas no arreglan nada por sí mismas, solo dejan entrar un poco de luz. Augusto la observó.
—Habla de esto como si lo conociera. —Lo estudio. Y lo he visto de cerca. —¿Puedo preguntarle qué le pasó a usted?
Renata cruzó los brazos, no a la defensiva, sino como quien se afirma. —Mi madre se fue cuando yo tenía nueve años. No se murió, se fue. Mi padre trabajó turnos dobles durante diez años para que yo no lo notara tanto.
Lo noté igual. Aprendí que la gente que sufre mucho a veces convierte el dolor en ruido para que los demás se vayan antes de que puedan verlos de verdad. —Su mujer hace mucho ruido. Silencio.
—¿Qué sabe de ella? —preguntó Renata. —Lo que ella me cuenta. No lo que sabe medio Monterrey.
Augusto juntó las manos sobre el escritorio. —Mariana tuvo una carrera extraordinaria. Era curadora de arte. Trabajó en Nueva York, Bogotá, Madrid.
Cuando la conocí, viajaba nueve meses al año. Era la persona más viva que había conocido nunca. Hizo una pausa. —Tuvimos un hijo.
Emilio. Murió hace catorce meses. Tenía tres años. Fue un accidente en casa.
Mariana estaba en una inauguración en la Ciudad de México. Yo estaba en una reunión aquí. Nadie estaba. Se le tensaron las manos.
—Solo mi hermana Patricia, que lo cuidaba ese día. Renata no dijo nada. —Desde entonces —continuó Augusto—, Mariana no es que haya cambiado, es que se ha ido apagando. Como si cumpliera los días pero sin estar realmente.
Y cualquier cosa puede encenderla: ira o silencio. No hay término medio. —¿Ha hablado con ella de Emilio? —Al principio, sí.
Ahora ya no puedo. Cada vez que lo intento…
—¿Qué pasa? —Se va. No se va físicamente.
Es como hablar con una pared. Renata asintió despacio. —¿Y su hermana Patricia? ¿Sigue en contacto con Mariana?
Augusto frunció el ceño ligeramente. —Patricia viene a casa con regularidad. Dice que quiere ayudar. Mariana no la rechaza, pero tampoco la busca.
—¿Y confía en su hermana? Una fracción de segundo de vacilación. —Es mi hermana. Renata anotó mentalmente esa fracción de segundo.
—Señor Beristein —dijo con el tono que usaba cuando iba a decir algo que la otra persona no quería oír—. Antes de que me haga una propuesta, necesito que sepa algo. No soy psicóloga. No tengo título clínico.
No puedo tratarla. No puedo diagnosticarla. No puedo hacer lo que hace un profesional con formación especializada. —Ya lo sé.
—Entonces, ¿qué quiere que haga? —Lo mismo que hizo ayer —dijo Augusto—. Estar con ella. No intentar arreglarla.
Solo estar. —Con todo respeto, cualquiera puede hacer eso. —No. —Augusto fue directo—.
Nadie lo ha hecho en catorce meses. Todos vienen con un plan, un método, una estrategia. Usted ayer no tenía nada de eso. Tenía formación, sí.
Pero tenía otra cosa. Tenía… —buscó la palabra— paciencia real. No paciencia profesional. Eso es distinto.
Renata miró por la ventana. La avenida aún estaba mojada por la lluvia del día anterior. —¿Cuáles son las condiciones? —preguntó.
—Le pago el doble de lo que gana ahora. Le cubro la matrícula y la beca de investigación, lo que necesite para terminar la carrera sin presión económica. Cuatro horas al día con Mariana, los días que usted decida. Sin horario fijo, sin protocolo.
La cantidad no tenía sentido en el mundo de Renata. Era el tipo de dinero que ella nunca…
—Yo también tengo condiciones —dijo Renata. La expresión de Augusto no cambió, pero algo en él se ajustó ligeramente. —Dígame.
—Primero: no soy su empleada. Soy alguien que va a pasar tiempo con su mujer. Eso significa que no le doy informes. No le cuento de qué hablamos.
Si hay algo que usted necesite saber por razones de seguridad reales, se lo diré. Pero no soy una informante. —Entendido. —Segundo: su hermana Patricia.
Renata midió las palabras. —No me ponga en situaciones en las que tenga que trabajar directamente con ella. Al menos hasta que entienda mejor la dinámica. Augusto frunció el ceño.
—¿Por qué? —Todavía no sé la respuesta, pero tengo una pregunta que quiero hacerle, y quiero que piense antes de responder. —Adelante. —¿Mariana ha empeorado desde que murió Emilio o desde que Patricia llegó a ayudar?
El silencio que siguió fue de los que ocupan espacio físico. —Han pasado catorce meses —dijo Augusto al fin. —Patricia llegó casi desde el principio —dijo Renata—. Lo sé.
Por eso le hago la pregunta. Augusto no respondió. Renata tampoco insistió. —Tercera condición —continuó—: usted tiene que estar presente cuando yo se lo pida.
No disponible por teléfono. Presente. Si la llamo y le digo que venga, usted viene, haga lo que haga. —Eso es…
—Es necesario.
¿Hay una cuarta condición? —Sí. —Renata lo miró directamente—. Si en algún momento siento que esto está haciendo daño a Mariana en lugar de ayudarla, me iré sin aviso, sin negociación.
Ella es lo primero. Augusto Beristein, fundador de un emporio construido desde cero, un hombre que había soportado catorce meses de una crisis que nadie sabía manejar, miró a esa chica con mochila universitaria y jersey, y asintió. —¿Cuándo puede empezar? La residencia Beristein estaba en San Pedro, en una zona donde las casas apenas se asomaban desde la calle si la valla lo permitía.
La de los Beristein tenía una valla alta y pinos que bloqueaban la vista desde fuera. Dentro era grande, ordenada y extrañamente silenciosa para un lugar donde vivía gente. Renata llegó el jueves por la tarde. La recibió la señora Refugio, el ama de llaves, una mujer de unos cincuenta años que parecía haber visto demasiado y callado sobre todo.
—La señora está arriba —dijo la señora Refugio en un tono que no era ni frío ni cálido, solo informativo. —Vale. —Ha estado más callada esta mañana. —Eso puede significar muchas cosas por aquí.
Lo sé. Renata miró hacia la escalera. —¿Hay algún sitio de la casa al que no deba ir? La señora Refugio parpadeó.
—Nadie me había preguntado eso nunca. —¿Lo hay? —La habitación del fondo del pasillo, en la segunda planta. A la izquierda.
La señora la mantiene cerrada con llave. Nadie entra. —¿Qué hay ahí? La señora Refugio hizo una pausa.
—La habitación del niño. Renata asintió. —Gracias, señora Refugio. Subió.
Caminó por el pasillo, llamó a la puerta del cuarto principal. —Nada. Llamó otra vez. —Sé que está ahí —dijo Renata en voz baja—.
No tiene que abrirme la puerta. Solo le digo que estoy aquí, y si quiere compañía, la puerta está. Si no, también está bien. Voy a bajar a la cocina a ver si encuentro algo para comer.
Silencio. Renata bajó. Encontró pan y queso, se hizo un sándwich con la soltura de alguien que lleva dos años trabajando en un restaurante, y se sentó a la gran mesa de la cocina con su libro de texto abierto. Cuarenta minutos después, oyó pasos en la escalera.
Mariana apareció en el umbral de la cocina. Miraba a Renata como quien mira algo que todavía no ha clasificado del todo. —¿Qué lee? —Un capítulo sobre respuestas somáticas al duelo complicado.
Renata sostuvo el libro para que viera la cubierta. —Bastante árido, la verdad. Pero útil. Mariana entró en la cocina, se sentó no en la silla más cercana, sino en la del otro extremo de la mesa.
Miró el libro. —¿Estudia eso? —Sí. —¿Por qué?
Renata lo pensó un momento. —Porque la gente que sufre mucho es la que más me interesa. No de forma morbosa. Sino porque creo que ahí está la parte más real de las personas.
Mariana no respondió, pero tampoco se fue. —¿Quiere un poco de queso? —preguntó Renata—. Se lo he cogido de su nevera.
Espero que no le importe. —El queso panela es de doña Refugio —dijo Mariana—. Le encanta. —Es muy bueno.
Mariana miró el queso, cogió un trozo, se lo comió. No dijeron nada más durante varios minutos. Ese fue el primer día. La segunda semana trajo la primera prueba de verdad.
Renata llegó un martes y encontró a Mariana sentada en el salón con una tableta en las manos. Cuando se acercó, Mariana giró la pantalla para mostrarle algo: un artículo de una revista de sociedad sobre una exposición en Nueva York. —¿Sabe algo de arte contemporáneo? —preguntó Mariana.
El tono era neutro, pero había algo debajo. Era el tipo de pregunta que no es una pregunta. —No —dijo Renata. —Qué curioso.
Mariana siguió leyendo en voz alta, con un dominio del tema que dejaba claro de dónde venía. —El artículo dice que los curadores de segunda fila, que nunca supieron distinguir el talento real del sesgo comercial, son los que hundieron la credibilidad del medio. Levantó la vista. —Tengo razón, ¿verdad?
—No tengo forma de demostrarlo —dijo Renata. —Exacto. El silencio que siguió fue afilado. —¿Qué respuesta quiere que le dé?
—preguntó Renata directamente. Mariana la miró. —Dígame que tengo razón. O corríjame.
Cualquier cosa. Algo. —No. Renata se sentó.
—Eso es lo que hacían los otros, ¿verdad? Intentar ganarse su aprobación o esquivar sus ataques. Ninguno de los dos le sirve a usted. Y a mí no me interesa jugar a eso.
—Entonces, ¿para qué está aquí? —Para estar —dijo Renata. —Eso es una respuesta estúpida. —Puede ser.
¿Qué respuesta le gustaría oír? Mariana abrió la boca, la cerró, se levantó y salió al jardín. Renata esperó diez minutos. Luego salió también.
Mariana estaba junto a una buganvilla, mirando la valla como si hubiera algo escrito en ella. —¿Sabe lo que hace Patricia cuando yo salgo así? —dijo Mariana sin volverse. —¿Qué hace?
—Llamar a Augusto y decirle que he tenido un episodio. Renata no respondió. —Y Augusto aparece con esa cara. Esa cara que no sabe si soy su mujer o su paciente.
—¿Qué preferiría usted ser? —Su mujer. La respuesta fue inmediata. Luego, más baja:
—Pero no sé si eso es posible ya.
Renata se puso a su lado, mirando también la valla. —¿Cuándo dejó de ser posible? Un silencio largo. —El día que Emilio murió.
Fue la primera vez que Mariana mencionaba el nombre del niño delante de Renata. No fue un momento de catarsis. No hubo llanto. Solo el nombre dicho en voz baja, y el silencio después, distinto a los anteriores.
Menos defensivo. Más real. —Augusto dice que estudia el duelo —dijo Mariana. —Sí.
—Ha perdido a alguien. —No de la forma en que usted ha perdido. Así que no, no sé lo que es perder a un hijo. Nadie que no lo haya vivido lo sabe.
Mariana la miró de reojo. —Entonces, ¿de qué sirve lo que estudia? —Me sirve para no decir tonterías. Y para reconocer cuándo alguien necesita que le hablen y cuándo necesita que callen.
—Y ahora…
—Ahora callo. Y las dos se quedaron en silencio, junto a la buganvilla, hasta que Mariana decidió que ya era suficiente y volvió a entrar. Esa noche Renata escribió en su cuaderno: «Primer nombre. Primera apertura voluntaria.
No forzar. Dejar que ella sola venga». Lo que nadie en la casa Beristein sabía era que Patricia Beristein llegaba los jueves a las once, cuando Augusto estaba en la oficina y Renata aún no había llegado. Y lo que nadie sabía, excepto la señora Refugio, que lo callaba junto con el resto de sus secretos, era que los jueves, después de que Patricia se fuera, Mariana estaba siempre peor.
Renata lo notó en la tercera semana. Los viernes, Mariana llegaba al encuentro con más armadura, más distancia, como si alguien hubiera vuelto a levantar los muros que Renata había pasado días derribando. —¿Qué hace los jueves? —preguntó un viernes.
—Nada en particular. —¿Viene su cuñada? —A veces. —¿De qué hablan?
—Cosas de familia. Renata no insistió. Pero esa tarde, mientras Mariana descansaba, encontró a la señora Refugio en el lavadero. —Los jueves, cuando viene Patricia —dijo Renata en voz baja—, ¿las conversaciones ayudan a la señora o le hacen daño?
La señora Refugio dobló una sábana sin responder. —No tiene que contarme lo que dicen —dijo Renata—. Solo una cosa: ¿las conversaciones ayudan o hieren? La señora Refugio dobló otra sábana.
—Solo sé lo que veo —dijo al fin—. Y lo que veo es que los viernes la señora desayuna menos. —Gracias, señora Refugio. —Yo no le he dicho nada.
—Claro que no. Esa tarde Renata envió un mensaje a Augusto: «Necesito que esté en casa el jueves por la mañana de esta semana. No tiene que hacer nada, solo estar». La respuesta tardó quince minutos: «Tengo una reunión importante».
Renata respondió: «Esta es más importante». Augusto no contestó, pero el jueves siguiente, a las diez y media, su coche estaba en la entrada. Patricia Beristein llegó puntual a las once. Era el tipo de mujer que siempre llegaba a tiempo, que siempre llevaba el bolso en el ángulo correcto, que siempre tenía la frase exacta para cada momento.
Cuando entró en el salón y encontró a Augusto sentado con un café, su expresión no cambió. Pero Renata, que estaba en la cocina con la puerta entreabierta, notó el segundo de recalibración. —Augusto, no sabía que estabas aquí. —He empezado la mañana más tarde.
Augusto se levantó para saludarla. —¿Cómo estás? —Bien. He venido a ver a Mariana.
¿Está arriba? —Sí. —¿De qué sueles hablar con ella, Patricia? —Cosas de familia.
Ya te lo he dicho. —¿Qué cosas? Patricia lo miró con la expresión de quien no entiende la pregunta. —Augusto, ¿qué pasa?
—Nada. Tengo curiosidad. —La ayudo a procesar. Hablamos de Emilio, de cómo se siente, de…
—¿Y ella te habla de Emilio?
—Poco a poco. —Qué curioso —dijo Augusto—. Porque Renata me dice que Mariana todavía no puede pronunciar su nombre con facilidad. Patricia dirigió la mirada hacia la cocina.
Renata apareció en el umbral, un café en la mano, con aire despreocupado. —Buenos días. —Buenos días —dijo Patricia, sosteniendo una sonrisa perfecta—. Qué bien que estés también.
—Qué bien que estés también —respondió Renata—. Así podemos hablar todos juntos. —Augusto —dijo Patricia—, me preocupa que Mariana no esté recibiendo atención profesional real. Una estudiante de Trabajo Social, con todo respeto, no es tratamiento clínico.
—No lo es —confirmó Renata—. Nunca ha pretendido serlo. —Entonces, ¿qué justifica tu presencia aquí? —Que Mariana está comiendo más que hace un mes.
Que esta semana mencionó a su hijo por primera vez desde que llegué. Que los viernes ya no se queda en la cama hasta el mediodía. —Los viernes —repitió Patricia—. Qué detalle tan específico.
—Llevo semanas tomando notas. Es parte de mi formación. Los ojos de Patricia se movieron hacia Augusto. —Augusto, esto me parece bienintencionado, pero insuficiente.
Mariana necesita un equipo médico, no una acompañante improvisada. —Ya ha tenido equipos médicos —dijo Augusto—. Diez personas en catorce meses. —Porque no habéis encontrado a las adecuadas —dijo Patricia.
—O porque el problema no era el equipo —dijo Renata con calma perfecta. Patricia la miró. —Se queda a café, Patricia. La invitación fue tan tranquila, tan exenta de presión, que Patricia no tuvo forma de rechazarla sin parecer que huía.
Se quedó veinte minutos. Cuando se fue, Augusto acompañó a Renata a la cocina. —¿Qué ha pasado ahí? —Que su hermana quería ver hasta dónde podía llegar —dijo Renata—.
Y ahora sabe que alguien la está observando. —¿Estás diciendo que Patricia…
—Le digo que mantenga los ojos abiertos —dijo Renata—. Eso es todo, por ahora. Augusto la miró.
—¿Confías en lo que ves? —Confío en lo que veo. Y lo que veo es que los jueves, cuando ella viene, Mariana retrocede. —Podría haber muchas explicaciones para eso.
—Todavía no sé cuál es la correcta. El descubrimiento ocurrió un viernes sin que nadie lo planeara. Renata buscaba un libro que había dejado arriba cuando pasó por el pasillo de la segunda planta y vio algo que no había visto antes. La puerta de la habitación de Emilio estaba entreabierta.
No había luz dentro, pero sí sonido. No era música. Era algo más difícil de definir. El sonido de alguien haciendo algo con las manos mientras contenía la respiración, como si el ruido pudiera romper algo frágil.
Renata se detuvo. No entró. Se sentó en el suelo del pasillo, con la espalda apoyada en la pared junto a la puerta, y esperó. Cinco minutos después, la puerta se abrió del todo.
Mariana apareció en el umbral. Tenía los ojos enrojecidos. En las manos sostenía una libreta pequeña, de espiral, con la cubierta azul gastada. Cuando vio a Renata en el suelo, se detuvo.
—¿Cuánto tiempo lleva ahí? —Un rato. —¿Por qué no ha entrado? —Porque no era mi lugar.
Mariana miró la libreta. La apretó ligeramente. —Son sus dibujos —dijo—. Emilio.
Empezó a dibujar con dos años y medio. Dibujaba…
Su voz se quebró apenas un instante. —Perros. Todos los días.
Perros. Siempre con orejas muy grandes. Decía que así podían oír mejor. Renata no dijo nada.
—Yo estaba en la Ciudad de México cuando murió —continuó Mariana. Hablaba despacio, como quien recorre un camino conocido que aún duele en los mismos sitios—. Había una inauguración. Una exposición de una artista a la que había apoyado durante cuatro años.
Era importante. Augusto estaba en una reunión en Houston. Patricia se ofreció a quedarse con él esa tarde. —¿Qué pasó?
—Se cayó por las escaleras. Eso dijo Patricia. Que estaba jugando en el pasillo de arriba y perdió el equilibrio en el primer escalón. Que ella estaba abajo, en la cocina, y no llegó a tiempo.
—¿Se lo creyó? Un silencio largo. —Al principio, sí. Mariana bajó la mirada hacia la libreta.
—Luego empecé a recordar cosas. Emilio nunca jugaba en ese pasillo. Le daban miedo las escaleras. Siempre decía: «Mamá, las escaleras son muy altas».
Levantó la vista. —La tarde del accidente, Patricia me envió un mensaje dos horas antes. Decía que Emilio estaba bien, que estaban jugando, que no me preocupara. Hizo una pausa.
—Nunca me había enviado un mensaje así. Nunca. Patricia no es ese tipo de persona. Como si quisiera establecer una coartada.
No era una pregunta. —Sí —dijo Renata—. Exactamente así. —Lo hablé con Augusto.
Intenté hablar con él los primeros meses, pero yo estaba tan rota que todo lo que decía sonaba a delirio. Como si buscara a quién culpar porque no podía aceptar que fue un accidente. Y Patricia estaba siempre ahí, siempre con el mismo argumento: que yo necesitaba ayuda, que no estaba bien, que lo que decía era producto del duelo no procesado. —Y poco a poco Augusto empezó a creerle más a ella que a usted.
—No es que le creyera más —dijo Mariana—. Es que yo le daba razones para dudar. Su voz tenía algo que no había tenido antes: lucidez. —Cada vez que rompía algo, cada vez que echaba a alguien, cada vez que no me levantaba de la cama, le daba argumentos.
Y mientras tanto, Patricia se hizo cargo de la corporación. Augusto le delegó la operación porque yo estaba fuera de juego y él no podía con todo. Ha tenido acceso completo a las cuentas, los contratos, los fideicomisos, durante catorce meses. Renata sintió algo que encajaba con un golpe seco.
—¿Qué hay en los fideicomisos? —Augusto creó uno cuando nació Emilio, para su futuro. Cuando Emilio murió, Augusto habló de convertirlo en una fundación. En su memoria.
Patricia se ofreció a gestionarlo. —¿Y existe la fundación? —Supuestamente sí. Pero yo nunca he visto los papeles.
Augusto dice que está en trámite. Lleva en trámite catorce meses. Renata miró la libreta que Mariana sostenía. —¿Cuántas veces ha venido Patricia los jueves desde que llegué?
—Cuatro. —Y antes de eso, todos los jueves, desde el principio. Renata asintió. —Necesito hacerle una pregunta, y necesito que confíe en mí para responderla.
—Diga. —¿Tiene algún sitio donde guarde cosas que no quiera que nadie encuentre? Fotos, mensajes, notas, cualquier cosa relacionada con lo que acaba de contarme. Mariana la miró.
—¿Por qué? —Porque si lo que sospecha es correcto —dijo Renata—, va a necesitar pruebas. Y antes de que haya pruebas, alguien podría intentar borrarlas. Mariana se quedó en silencio un momento largo.
—Tengo el teléfono viejo —dijo—. El de antes. Los mensajes de esa tarde siguen ahí. Lo guardé porque no quería borrarlos.
Nunca entendí bien por qué. —Yo sí —dijo Renata. Ese fue el punto en el que todo cambió rápido. No de golpe.
Las cosas importantes no cambian de golpe. Cambian como la luz en invierno: despacio, casi sin que te des cuenta, hasta que de repente es de noche. Lo que cambió de golpe fue lo que ocurrió tres días después. Era lunes.
Renata llegó a la casa a mediodía. La señora Refugio la recibió en la puerta con una expresión que no era la de siempre. —La señora Patricia llamó esta mañana —dijo en voz baja—. No sé qué le dijo al señor Augusto, pero lleva dos horas en su despacho sin salir.
Renata subió directamente y llamó a la puerta del despacho. —¿Quién es? —Renata. —Pase.
Augusto estaba de pie junto a la ventana. Tenía el teléfono en la mano y una expresión que Renata no le había visto antes: fría y devastada al mismo tiempo. —¿Qué ha pasado? —Patricia me ha llamado esta mañana para decirme algo —dijo Augusto sin volverse—.
Dice que ayer, mientras usted estaba con Mariana, Mariana entró en el despacho de la planta baja. El encargado del despacho dice que encontró la caja fuerte abierta esta mañana y que falta un documento. Un contrato de sesión relacionado con el fideicomiso de Emilio. Renata no respondió.
—También dice —continuó Augusto, tensando la voz— que ese documento podría ser muy valioso si alguien quisiera usarlo de forma indebida. Y que la única persona que ha estado en esa zona de la casa recientemente es usted. El silencio que siguió fue de los que definen las cosas. —Augusto —dijo Renata con calma—.
Míreme. Augusto se volvió. La miró. —¿Cree que cogí ese documento?
Un segundo. Dos. —No quiero creerlo —dijo Augusto. —Eso no es una respuesta.
—No. No lo creo. —Pero el documento falta. Y Patricia…
—Patricia ha pasado catorce meses construyendo una versión de la realidad —dijo Renata—.
Una versión en la que Mariana está loca, usted está abrumado y ella es la única persona en quien puede confiar. —¿Ha buscado usted mismo ese documento? —Patricia dijo que…
—Le pregunto si lo ha buscado con sus propias manos. Augusto la miró.
—No. —Búsquelo ahora. Antes de hacer nada más. Augusto fue al despacho de la planta baja.
Renata lo siguió. Abrió la caja fuerte, revisó cada documento. El contrato estaba allí, archivado en la carpeta equivocada, pero estaba. Augusto lo sostuvo en las manos sin decir nada durante un momento.
—Se ha equivocado —dijo al fin—. Patricia se ha equivocado de sitio. —O no se ha equivocado —dijo Renata. —¿Qué quieres decir?
—Que quizá el objetivo no era que el documento faltara. Sino que usted me mirara con sospecha. —¿Ha funcionado? Augusto dejó el contrato sobre la mesa.
—Casi. —Necesito que me pida algo importante. —Dígame. —Que revise usted mismo los movimientos del fideicomiso de Emilio.
No a través de Patricia. Directamente con su contable, sin decírselo a ella primero. —¿Por qué? —Porque Mariana lleva meses intentando decirle algo —dijo Renata—.
Pero siempre hay alguien entre los dos que reformula lo que ella dice en términos que la hacen parecer inestable. Deje de escuchar al intermediario. Escúchela a ella. Lo que Augusto encontró cuando revisó el fideicomiso sin decírselo a su hermana no fue un error.
Fue una transferencia sistemática, pequeña, discreta, sostenida durante dieciséis meses. Desde la cuenta del fideicomiso de Emilio a una empresa fantasma en Texas, cuyo beneficiario último, después de dos capas más de estructura corporativa, era Patricia Beristein. Un millón ochocientos mil dólares. En cantidades pequeñas.
Lo suficientemente pequeñas para no saltar alertas automáticas. Lo suficientemente regulares para ser un patrón. La fundación conmemorativa de Emilio, catorce meses en trámite, no existía en ningún registro. Augusto llamó a su abogado, llamó a su contable y luego, durante dos horas, no llamó a nadie.
Cuando Renata llegó al día siguiente, Augusto estaba en el salón. Tenía una carpeta sobre la mesa. No la abrió cuando Renata entró. —¿Cómo está Mariana?
—preguntó Renata. —Arriba. Augusto miró la carpeta. —Renata.
Mariana ha estado intentando decirme durante meses que algo no iba bien, y yo no la escuché. —Estaba de duelo también. —Sí. —Y Patricia usó eso.
—¿Qué va a hacer? Augusto abrió la carpeta, la cerró. —Necesito hablar con Mariana primero, antes de hacer nada. ¿Puede estar usted?
—Si ella quiere que esté, sí. —Ayúdeme a pedírselo. Renata subió y llamó a la puerta de Mariana. —¿Qué?
—Su marido quiere hablar con usted. Quiere que yo también esté. Es decisión suya. Silencio.
—¿Ha encontrado algo? —Eso tiene que contárselo él. —Deme cinco minutos. Los tres se sentaron en el salón.
Mariana en el sillón grande. Augusto enfrente, no al otro lado de la mesa, sino en el sillón de al lado. Renata en una silla más alejada. —Mariana —empezó Augusto—.
He revisado el fideicomiso de Emilio. El cuerpo de Mariana se tensó ligeramente. —Patricia ha estado transfiriendo dinero. Dinero que era de la fundación que prometí crear en su nombre.
La voz de Augusto no era de ira. Era ese tipo de dolor que viene después de entender algo que no querías entender. —Ha estado haciéndolo durante más de un año. Mariana no dijo nada.
—Y hay algo más. Augusto se inclinó hacia adelante. —Pedí el informe completo del accidente de Emilio. El que hizo la compañía de seguros en su momento.
Hay una inconsistencia que nadie señaló entonces porque nadie buscaba inconsistencias. Hizo una pausa. —Patricia dijo que estaba en la cocina cuando Emilio se cayó. Pero hay una nota en el informe del técnico que inspeccionó la casa.
La puerta de la cocina tiene una mosquitera interior, y estaba cerrada por dentro. El silencio fue absoluto. —Si ella estaba en la cocina —dijo Mariana lentamente— y la puerta estaba cerrada por dentro, no pudo haber salido a tiempo para llegar hasta donde Emilio se cayó. —No.
—Así que mintió sobre dónde estaba. —Sí. Mariana cerró los ojos, los abrió. —Te lo he dicho durante catorce meses.
Que no cuadraba. —Lo sé. —Y me miraste como si estuviera loca. —Lo sé.
La voz de Augusto se quebró ligeramente. —Y lo siento. Más de lo que puedo explicar. —Mariana —dijo—.
Hay más cosas que quiero decirte y no sé cómo decirlas. —Dilas igual. —Te fallé. No solo en esto.
En los catorce meses. En los años anteriores. Estuve tan ocupado construyendo todo esto… —hizo un gesto vago que abarcaba la casa, la empresa, toda la vida— que no estuve cuando tuviste que enfrentarte sola a lo peor que le puede pasar a alguien. Y cuando volviste de la Ciudad de México e intentaste decirme que algo no era como Patricia decía, elegí la versión más fácil.
Porque Patricia estaba entera y tú estabas hecha pedazos. Y es más fácil creerle a alguien que parece entero. Mariana lo miró durante un momento largo. —No sé si puedo perdonarte ahora mismo —dijo.
—No te lo pido ahora. —Vale. —Te pido que me dejes estar aquí. Augusto no se movió.
—No para arreglarlo todo de golpe. Solo para estar. Mariana miró hacia donde estaba Renata. Renata no dijo nada, solo asintió ligeramente.
Mariana volvió a mirar a Augusto. —La habitación de Emilio —dijo al fin—. Necesito que vengas conmigo a la habitación de Emilio. No hoy.
Cuando pueda. Pero quiero que vengas. —Cuando puedas —dijo Augusto—. Estaré allí.
Patricia Beristein llegó el jueves siguiente a las once, como siempre. Pero esta vez, cuando entró en el salón, no encontró la casa vacía de presencias incómodas. Encontró a Augusto, a Mariana y a Renata sentados juntos alrededor de la mesa. Y también encontró al abogado de Augusto, que se puso de pie cuando ella entró.
—Patricia —dijo Augusto. Patricia evaluó la escena en menos de dos segundos. Su expresión no cambió, solo se ajustó ligeramente, como quien cambia de marcha sin dejar de conducir. —Qué reunión tan animada —dijo—.
¿Pasa algo? —Siéntate. —Prefiero quedarme de pie. —Como quieras.
Augusto abrió la carpeta. —Hemos revisado el fideicomiso de Emilio. El nombre del niño, dicho por Augusto sin miedo, sin rodeos, hizo que algo en la cara de Patricia parpadeara. —Hay un millón ochocientos mil dólares transferidos a una empresa tuya en los últimos dieciséis meses.
Silencio. —Eso es un malentendido —dijo Patricia. La voz perfectamente controlada—. Son gastos administrativos.
—No. —¿Cómo que no? —No hay gastos administrativos. La fundación no existe, Patricia.
No hay ningún registro. Augusto puso la carpeta sobre la mesa. —Y hay algo más. Patricia miró la carpeta.
—El informe del accidente —dijo Augusto—. La mosquitera de la cocina, cerrada por dentro. La primera grieta real apareció en la cara de Patricia. Solo un instante.
Pero apareció. —Eso es una interpretación. —Es una inconsistencia que los peritos interpretarán —dijo el abogado con calma profesional—. Señora Beristein, tiene derecho a hablar con su abogado antes de responder.
Se lo recomiendo. —¿Me están acusando de algo? —Te estoy preguntando qué pasó —dijo Augusto—. Qué pasó de verdad.
—Ya lo dije en su momento. —Dilo otra vez. —Estaba en la cocina. La puerta cerrada por dentro.
—Me equivoqué con los detalles. Han pasado catorce meses. —Patricia. La voz de Augusto era plana, sin ira, sin emoción.
—¿Dónde estabas cuando Emilio se cayó? Un silencio que se estiró como una goma. —Fue un accidente —dijo Patricia al fin. La voz había perdido la capa superior de control—.
No fue… No fue algo que…
—¿Dónde estabas? —En el pasillo de arriba. En el teléfono. Él salió corriendo… Intenté agarrarlo y no llegué.
La voz se le quebró por primera vez. —No llegué. Y lo oculté durante catorce meses porque sabía lo que ibais a pensar. Se desmoronó de repente.
—Mariana ya me miraba como si yo tuviera la culpa de algo. Como si yo… Lo que pasó fue un accidente. Un accidente. Y si lo decía, si decía que estaba allí, que estaba al teléfono, todo el mundo diría que fue culpa mía, que lo descuidé, que…
Hizo una pausa para respirar.
—No quería que me odiaran. —En lugar de decir la verdad —dijo Augusto—, dejaste que Mariana se destruyera durante catorce meses pensando que nadie la escuchaba. —Mariana ya estaba mal antes de…
—No. La voz de Augusto fue cortante.
—No hagas eso. —Y el dinero —dijo—. El fideicomiso de Emilio. Patricia apretó los labios.
—Lo necesitaba. Cosas de la corporación. Unas inversiones que no salieron bien. Pensé que podría reponerlo antes de que nadie se diera cuenta.
—Era el dinero de mi hijo, Patricia. —Era el dinero de mi hijo —repitió Augusto, sin alzar la voz, sin necesidad. —Sal de esta casa, Patricia. Mi abogado te enviará los documentos.
La fiscalía va a conocer las transferencias. El accidente es algo que tendrá que evaluarse en otro contexto. Pero por lo que a mí respecta, vete de aquí y no vuelvas. Patricia miró a Mariana.
Mariana no dijo nada. No hizo falta. Patricia cogió el bolso, se irguió y se fue. La puerta de la casa se cerró detrás de ella con un sonido seco.
Sin drama. Sin portazo. Solo el cierre de algo que no volvería a abrirse. El silencio que quedó era distinto a todos los demás.
No era el silencio tenso de los primeros días, ni el silencio defensivo de las semanas de armadura. Era el silencio que queda cuando algo largamente pendiente se resuelve. Augusto miraba la carpeta sobre la mesa. Mariana se levantó, fue a la ventana y miró el jardín.
Renata permaneció quieta en su silla. —Emilio tenía miedo a las escaleras —dijo Mariana al cabo de un momento, sin volverse—. Siempre me lo decía. Y sin embargo, aquel día salió corriendo.
Eso era él: tenía miedo a las escaleras, pero corría igual porque quería llegar adonde fuera. Nadie respondió. —No fue culpa mía —dijo Mariana. Despacio, como quien prueba algo por primera vez—.
Yo estaba en la Ciudad de México haciendo mi trabajo. Él estaba con alguien que se suponía debía cuidarlo. Fue un accidente que ocurrió porque Patricia no prestó atención y lo ocultó porque tuvo miedo. Se volvió.
—Y yo he pasado catorce meses creyendo que si hubiera estado aquí, si no hubiera ido a México, si hubiera…
—Mariana —dijo Augusto. —No —lo interrumpió, pero sin brusquedad—. Necesito decirlo yo sola. Miró al jardín otra vez.
—He pasado catorce meses castigándome. Rompiendo cosas. Ahuyentando a todos. No porque estuviera loca, sino porque tenía un dolor que no tenía nombre y nadie me dejaba nombrarlo.
Y mientras tanto, ella —la voz se le bajó— estaba aquí, todas las semanas, recordándome que yo era la madre que no había estado. Que yo tenía la culpa. Se volvió hacia Renata. —¿Usted lo sabía?
—Lo sospechaba —dijo Renata—. Pero los detalles los encontró usted sola. —¿Por qué no me lo dijo antes? —Porque si se lo decía, no me habría creído.
Tenía que verlo usted misma para que fuera real. Mariana la miró un momento. —Eso es frustrante. —Sí, pero funciona.
Mariana hizo algo que Renata no le había visto hacer en todo ese tiempo. Soltó una risa corta, brusca, un poco sorprendida, como quien no recuerda exactamente cómo se hace. Augusto la miró como si acabara de ver aparecer algo que llevaba mucho tiempo ausente. —Podemos ir a la habitación de Emilio —dijo Mariana—.
Los dos. Ahora. —Ahora —dijo Augusto. Renata se quedó en el salón.
Oyó los pasos subiendo la escalera. Oyó el sonido suave de una puerta al abrirse. Luego, durante un rato largo, solo el silencio tranquilo de una casa que respiraba distinto. Tres semanas después, Renata fue a la casa un jueves por la tarde y encontró una escena que no esperaba.
Augusto estaba en el salón con el portátil abierto y varios documentos extendidos sobre la mesa. Mariana estaba a su lado, inclinada sobre uno de los papeles, señalando algo con el dedo. —Esto tiene que ir como una partida separada —decía Mariana—. Si lo consolidas con los gastos generales, pierdes trazabilidad.
—Tienes razón. Augusto lo corregía mientras hablaba. —Y el nombre: Fundación Emilio Beristein. Arte y primera infancia.
—Así es exactamente como le habría gustado leerlo cuando fuera mayor. Renata se detuvo en la puerta. Ninguno de los dos la había oído llegar. Sobre la mesa, entre los documentos, estaba la libreta abierta.
La de Emilio. Un perro con orejas enormes asomaba desde la página. Renata salió en silencio y se sentó en los escalones de la entrada. Sacó su cuaderno y escribió: «Hoy diseñaron la fundación juntos.
Ella llevó la parte estructural. Sonrió dos veces. No se fue antes del final». Debajo, con letra más pequeña: «Esto es lo que hizo mi tutora cuando yo perdí a mi madre.
Sentarse, no arreglar nada, dejar que el otro encuentre su propio camino, y estar allí cuando llegue». Cerró el cuaderno. La señora Refugio apareció en la puerta con una taza de café. —¿Quiere?
—Muchas gracias. La señora Refugio se sentó en el escalón de al lado. Algo que probablemente no habría hecho con ninguno de los otros diez. Miraron el jardín juntas.
—¿Se queda? —preguntó la señora Refugio—. Quiero decir, en la fundación. —Me lo han propuesto.
Como coordinadora de programas. Mientras termino la carrera. Voy a aceptar. Renata dio un sorbo al café.
—Creo que sí. Pero no por el dinero. —¿Entonces? Renata miró el jardín.
—Porque quiero ver cómo termina esta historia. La señora Refugio asintió. —Yo también. Seis meses después, la Fundación Emilio Beristein abrió su primer programa piloto en tres escuelas de Monterrey.
Talleres de arte y expresión plástica para niños de tres a seis años con dificultades de aprendizaje o duelo temprano. Mariana Ferreira de Beristein presentó el programa en un acto que no tuvo fotógrafos ni comunicados de prensa. Solo profesores, padres y un grupo de niños mirando el papel y las ceras como algo que habían estado esperando durante mucho tiempo. Renata estaba en la última fila, con el cuaderno en las manos y la beca de investigación renovada por segundo año consecutivo.
Cuando Mariana terminó de hablar, buscó a Renata con la mirada. Renata levantó la mano ligeramente. Mariana asintió. Augusto estaba a su lado.
Tenía la mano de Mariana entre las suyas. Eso era todo lo que hacía falta. Después del acto, uno de los niños, con el pelo revuelto, se acercó a la mesa de materiales y cogió una cera. Se sentó en el suelo sin pedir permiso y empezó a dibujar.
Era un perro con orejas muy grandes. Mariana lo vio. Se quedó quieta un momento. Luego se agachó junto al niño.
—¿Cómo se llama? —Firulais —dijo el niño con toda seriedad. —Es perfecto —dijo Mariana—. Las orejas le quedan justo del tamaño adecuado.
El niño la miró. —Es para que pueda oír mejor —explicó. —Lo sé —dijo Mariana.
Y le sonrió.


